Filemón 1:15-20
Pablo le dice a Filemón que él está dispuesto a pagar por el daño y la deuda de Onésimo. Luego le recuerda que Filemón mismo tiene una deuda espiritual—por la inversión que Pablo hizo—con el apóstol; y le presenta esta restauración como una oportunidad para ser provechoso, es decir, ser útil—así como Onésimo ahora es útil—para Pablo en el Señor. Pablo da a entender que espera que Filemón no cobre la deuda ni a Onésimo, ni al mismo apóstol.
En pocas palabras, Pablo está arreglando todo el escenario para que Filemón NO LE COBRE a Onésimo, al punto que el apóstol está dispuesto a pagarlo con su propio dinero. Y es que, de la misma manera que la lección dada por Pablo a su amigo, tú y yo no podremos restaurar nuestras relaciones si estamos “cobrando” o trayendo a memoria aquel daño que se nos hizo, o aquella deuda—emocional o económica. Tú y yo podemos sufrir la ofensa y conservar la relación (1 Corintios 6:7; Hechos 7:60).
Por cierto, qué precioso cuadro de la manera en que tú y yo podemos ser recibidos por el Padre en los méritos de Cristo: El Padre nos recibe como a Jesús; Jesús pagó mi deuda que fue puesta a Su cuenta; en Sus méritos mi relación con el Padre se ve restaurada. Tan tonto como Onésimo tirando esta carta y tratando de restaurar su relación con Filemón en sus propios méritos—y no con los de Pablo—tan tonto sería intentar restaurar nuestra relación con el Padre en nuestros propios méritos—no apelando a los méritos de Jesús.
Ahora, cuando hablamos de restaurar nuestras relaciones que han sido dañadas, una palabra se vuelve determinante: Perdón. Si no estás dispuesto a perdonar, a ya no cobrar “la deuda” que la otra persona tiene contigo, no pdrás restaurar tus relaciones. Y es que el perdón en la práctica es eso: Es condonar, es ya no traer a memoria para cobrar o acusar.
¿Estás trayendo a memoria todo el tiempo el daño que te han hecho? ¿Estás recordándoles a los otros cuánto te han dañado o cuánto te deben? Tú puedes restaurar tus relaciones para que sean relevantes; pero sólo podrás hacerlo cuando estés dispuesto a sufrir el agravio y perdonar la ofensa.